El régimen de Al-Sisi. La historia y los protagonistas del Egipto Contemporáneo

El caso de Patrick Zaki (2)

, de Ignazio Pardo, Traducido por Alejandro Rico

El régimen de Al-Sisi. La historia y los protagonistas del Egipto Contemporáneo
Protestas contra el presidente Mohammed Morsi en El Cairo, Egipto, junio de 2013. Fuente: Flickr / Amr Nabil. CC BY-SA 2.0.

El caso de Patrick Zaki se desarrolla en medio de un complejo y convulso contexto sociopolítico en Egipto. Para comprender en su totalidad las implicaciones y características del actual régimen de Al-Sisi y los acontecimientos de los últimos años, es necesario dar un paso atrás y volver hasta los orígenes de la Primavera Árabe egipcia. Con el fin de dar una visión lo más completa posible, hemos decidido presentar un panorama que incluya los eventos principales. Empezaremos con las manifestaciones de 2011, las cuales auparon al poder a los Hermanos Musulmanes, y terminaremos con el establecimiento del actual régimen bajo el mando del General Al-Sisi. De este modo, se hace necesario definir y tener en cuenta las particularidades y problemas estructurales del país, además de todos los participantes y fuerzas (ya sean de oposición o de otro tipo) que han jugado un papel en estos escabrosos acontecimientos.

La Primavera Árabe: un fenómeno regional

El término “Primavera” fue tomado de Occidente para destacar las similitudes entre el origen, las demandas y las causas de este movimiento y los movimientos que estallaron en Europa en el siglo pasado. Los países árabes en los que esta ruptura ocurrió se caracterizaban por unos sistemas de gobierno autoritarios y centralizados, marcados por la ausencia de libertad, pluralismo y la oportunidad de participar en la política (Guazzone, 2016). Las condiciones de vida de los ciudadanos en estos países eran cualquier cosa menos pujante: el porcentaje de gente bajo el umbral de la pobreza era asombroso, igualmente, la tasa de desempleo era excesivamente alta y la desigualdad socioeconómica iba en aumento, sosteniendo a un minúsculo segmento de la población que a menudo también era la clase gobernante. Analizar la situación desde la perspectiva del imparable crecimiento demográfico del mundo árabe y de la crisis en Occidente —una variable que tuvo graves ramificaciones en esta frágil situación— podría explicar el estallido de la Primavera en 2010-2011. Podría ser interpretado como una expresión del descontento encubierto entre la tiranía, la represión, la corrupción y gobernantes intolerantes durante décadas. A pesar de haber marcado un punto de inflexión para el mundo árabe y de haber creado un legado cultural que sigue presente a día de hoy, en muchos lugares la Primavera Árabe no alcanzó los resultados deseados. Desató cruentas guerras civiles, como las de Libia, Siria y Yemen, y se consumió frente a medidas reaccionarias y políticas opresivas. Sin embargo, el férreo deseo de libertad de los pueblos árabes, expresado a través de las primeras experiencias democráticas post-2011, debería aún así tenerse en cuenta y no puede ser ignorado por las autoridades de estos países. Pero estos hechos han llevado a menudo a prácticas por parte de los gobiernos todavía más brutales y represivas contra las fuerzas opositoras.

La Primavera Egipcia y el gobierno de los Hermanos Musulmanes

Egipto no escapó de los acontecimientos mencionados. De hecho, la Primavera Árabe egipcia causó una serie de consecuencias y cambios sociopolíticos en el país. El protagonista indisputable del levantamiento fueron los Hermanos Musulmanes, un movimiento extremadamente arraigado en Egipto, donde fue fundado en 1928 con el objetivo de traer de vuelta al Islam al centro de la vida social, proponiendo el renacimiento y la modernización del Islam –lo que se conoce como Nahda. El movimiento de los Hermanos Musulmanes se ha enfrentado a épocas de considerable represión a lo largo de los años pese a su extendida presencia en el país, tanto en las instituciones como en las entidades del Estado. Incluso en períodos de apertura política, siempre estuvo restringido. La Hermandad participó oficialmente en las revueltas de 2011, jugando un papel fundamental en la organización y planificación de la caída del régimen militar de Hosni Mubarak. El régimen de Mubarak, que había estado al frente del país durante 30 años, era la continuación natural de la dictadura ininterrumpida desde que el ejército tomase el palacio presidencial en 1953. Esto sucedió cuando el llamado Movimiento de los Oficiales Libres trajo al General Nasser al poder, considerándolo uno de los padres de la nación.

Entre el final de 2011 y el comienzo de 2012, la Hermandad se legitimó como la fuerza política dominante en el país. Primeramente, ganó las elecciones parlamentarias a través de su partido “Libertad y Justicia”, que se configura como la rama política del movimiento. Siguió por ganar las elecciones presidenciales de mayo, resultando victorioso Mohammed Morsi, que fue elegido presidente con un estrecho margen sobre el candidato secular opositor. Sin entrar en detalles sobre el breve y controvertido intento de gobierno, liderado por el recién elegido presidente (cuyo tiempo en el puesto fue tan efímero que prácticamente esquivó un análisis en profundidad por los historiadores), el significado de este resultado es transcendental. Sin lugar a dudas, estos hechos marcaron la mayor victoria en la historia de la Hermandad y dieron esperanza para la democracia entre los egipcios. Por primera vez desde 1954 y gracias a las sorprendentes reformas constitucionales aprobadas, los egipcios presenciaron la expulsión del ejército de la mayor parte de las instituciones jurídicas y políticas y de la vida civil del país.

Debe remarcarse que las fuerzas armadas siempre habían sido el pilar y, en última instancia, los decisores del destino de la política egipcia. Utilizando recursos económicos y controlando el sistema jurídico, siempre han actuado sin interferencias externas, llegando a ser conocidos como la única entidad capaz de mantener el orden y la seguridad en el país y de defender al Estado del peligro del fundamentalismo islámico, con el cual la Hermandad es habitualmente asociada. A la luz de este posicionamiento, está claro que el gobierno del Presidente Morsi se encontró de inmediato en una situación complicada, teniendo que erradicar esta idea y darle la vuelta a la visión secular arraigada en el ejército durante casi sesenta años. Su primer —y único— año en el poder estuvo afectado por la controversia en torno a la Hermandad, que fue acusada en varias ocasiones de querer “islamizar” el Estado. También fue acusada de proponer reformas reaccionarias que podrían provocar un descontento contraproductivo entre muchas clases del país como resultado de la reestructuración de las instituciones. Por ejemplo, las minorías religiosas comprensiblemente temían la falta de protección y de garantías para sus comunidades, muchas mujeres se quejaron sobre la desigualdad de género fomentada por la nueva Constitución y la prensa y los intelectuales criticaron duramente la falta de protección de la libertad de expresión y pensamiento. A su debido tiempo, el Presidente Morsi vio desmoronarse y alzarse contra él a su propia base electoral en una muy variada y organizada oposición, formada, principalmente, por la clase intelectual, jóvenes revolucionarios, moderados y la judicatura.

La llamada “reforma constitucional islamista” desató un vehemente resentimiento y las revueltas que llevarían a que Abdel Fattah Al-Sisi, ministro de Defensa y Comandante en Jefe del Ejército (nominado por el propio Morsi), se ofreciera como moderador independiente entre el gobierno y la oposición. El General, poco conocido e inicialmente presentado como una figura cercana a la Hermandad, podría haber mitigado (según muchos observadores) el carácter irreconciliable de las relaciones entre el entonces en el poder movimiento islamista y el ejército. Muy probablemente, el rechazo de su oferta dio luz verde a los planes que apartarían a Mohammed Morsi del cargo.

Llega el otoño. El golpe de Estado; Abdel Fattah Al-Sisi se convierte en presidente

La oportunidad para dar la vuelta a la situación vino unos meses después, cuando una nueva fase de descontento causó nuevas protestas en las que decenas de miles de egipcios salieron a la plaza Tahrir en la capital, clamando por la dimisión del presidente. A estas alturas, el Consejo Supremo Militar aprovechó la oportunidad para sacar provecho de la extrema polarización sociopolítica lanzando un ultimátum que exigía la dimisión del presidente islamista en las siguientes 48 horas. La negativa de Morsi supuso que el ejército asumiese el control del país hasta las próximas elecciones. A su vez, el golpe de Estado del 3 de julio de 2013 provocó fuertes objeciones y críticas contra un nuevo régimen militar que duraría más de un mes, pero estas objeciones también fueron cruelmente reprimidas por esas mismas fuerzas armadas. Sería una negligencia no mencionar la masacre en la plaza Rabaa al Adaweya, que fue claramente la revuelta más famosa de este período que también ejemplifica la actitud de las nuevas instituciones egipcias. Allí, a plena luz del día e incluso ante la mirada de observadores internacionales, cientos de manifestantes fueron asesinados y miles heridos por el ejército. Estas circunstancias desestimaban cualquier esperanza de continuidad entre las demandas de democracia que parecían haberse apoderado de Egipto ni siquiera dos años antes y la actitud del nuevo régimen que, en el transcurso de un año, tomaría oficialmente el control del país. Tras un breve período de control militar, en mayo de 2014 Al-Sisi se convirtió en el presidente con pruebas electorales que, más allá de cualquier duda sobre la transparencia de la votación, confirmaban la imagen del general como la de un líder carismático y digno de fiar. Se le consideraba capaz de mejorar el destino de la nación, garantizando el crecimiento económico y la seguridad política que protegería a Egipto de virar hacia el fundamentalismo y, al mismo tiempo, lo distanciaría de los regímenes militares represivos y reaccionarios previos.

Como lo ilustra el Doctor Giuseppe Dentice, investigador de ISPI (Instituto Italiano para Estudios de Política Internacional), la vida política de Egipto siempre se ha basado en tres pilares relacionados. El primero es el Ejército, que durante 70 años sostuvo un papel indisputable como decisor político. El segundo son los grandes poderes económicos, cuya función siempre ha sido apoyada a cambio de protección y privilegios. Y finalmente, la judicatura, cuyo sistema siempre ha actuado como una vía de entrada para las fuerzas militares en la vida civil, permitiendo su constante y crucial participación en el proceso de toma de decisiones. Este equilibrio único entre los participantes garantiza un régimen que está muy extendido y centralizado hasta hoy día, manejando exitosamente cada aspecto social de la clase gobernante con el control y castigo de cualquier ápice de oposición o desacuerdo. Esta clase de enfoque está increíblemente arraigada en Egipto, hasta el punto que muchos observadores y académicos atribuyen el fracaso del gobierno de los Hermanos Musulmanes a la incapacidad de reconciliar estas tres fuerzas motoras o de debilitar las tendencias antidemocráticas. Morsi se convirtió en presidente sin tener el control sobre la maquinaria del Estado que había dejado Mubarak, considerado muy hábil en el mantenimiento de este crucial equilibrio, tras treinta años de reinado debido a la inesperada irrupción de las protestas. No obstante, Al-Sisi parece haber tenido la fuerza y legitimidad para cumplir el papel clave entre las fuerzas anteriormente mencionadas, de una manera que hizo recomenzar la vida política y la economía del país. A pesar de restablecer las antiguas dinámicas, Al-Sisi tuvo éxito —al menos al principio— en proyectar una imagen innovadora, alejándose de las apresuradas comparaciones con el régimen reaccionario de Mubarak. Una nueva imagen que se sustentaba en los mismos intelectuales que antagonizaron a Morsi, e incluso en muchas clases sociales e ideológicas que, pese a estar alejadas del Ejército, lo preferían a él sobre el peligro de la islamización del Estado.

Desde su elección, el General Al-Sisi ha introducido una política enfocada a “devolver a Egipto al buen camino”. Una nueva Carta Constitucional enmendó la constitución aprobada por Morsi, restableciendo el dominio y los privilegios de la clase militar y eliminado todo elemento religioso del aparato institucional. Junto a un decreto del mismo año que designaba a muchos movimientos religiosos como grupos terroristas y, por tanto, enemigos del Estado (en especial, los Hermanos Musulmanes), la Carta Constitucional, disfrazada de progresismo secular, introducía oficialmente el comienzo del extendido sistema represivo todavía presente en el régimen egipcio. Este aspecto fue reforzado con las leyes antiterrorismo adicionales de 2015 y la declaración del estado de emergencia en 2017 – medidas utilizadas para debilitar todavía más cualquier forma de desacuerdo. También ha contribuido a dar forma a un régimen de gran alcance en el que, como aprecia Federica Zoja, investigadora y escritora para el periódico italiano Avvenire, “no es solo la aparición de una oposición organizada lo que se está reprimiendo, sino también la oposición individualizada”. Con el tiempo, el presidente Al-Sisi ha conseguido entrar en cada una de las esferas donde pudiera haber alguna forma de criticismo. Uno solo tiene que observar el increíblemente férreo control sobre las comunicaciones, los medios de comunicación, los sitios webs y el dominio con puño de hierro sobre las universidades, cuyos rectores son denominados por la oficina del presidente y pueden expulsar estudiantes e investigadores que den clases o promuevan ideas “inconstitucionales” o que “amenacen la seguridad pública”. En otras palabras, cualquier cosa mínimamente contra el régimen.

Los casos de Giulio Regeni y Patrick Zaki muestran a la perfección el destino de los más de 60.000 prisioneros políticos que se encuentran actualmente en las prisiones egipcias.

¿Quién es la oposición egipcia?

Como ya se ha mencionado, no hay ninguna organización real de la oposición a un nivel relevante dentro del país. En cuanto a las fuerzas más grandes, especialmente las islamistas, ya no pueden operar y solo los más fuertes han logrado sobrevivir, si bien con extrema dificultad y muy a menudo fuera del territorio egipcio. Este es el caso de los Hermanos Musulmanes, que crearon una extensa red internacional que se extiende hasta Europa y América. El centro más grande está en Turquía, que recibió la protección del presidente turco Erdogan. Esto les ha permitido no desaparecer del todo, pero definitivamente los ha debilitado. Como argumenta el profesor Matteo Colombo, la Hermandad ha sido superada por modelos religiosos modernizadores y por líderes que se han demostrado más eficientes, como el más moderado pero a la vez decisivo método usado por el mismo Erdogan. El movimiento no será capaz de sobrevivir eternamente sin una base real y puntos de referencia.

En cuanto a otros partidos, especialmente los seculares, cabe mencionar un estudio llevado a cabo por Michel Dunn y Amr Hamzawy y publicado por el Carnegie Middle East Centre, que divide los partidos políticos seculares egipcios en tres grandes categorías. El primero se compone de los partidos creados recientemente, que se han mantenido en las doctrina de partido dictada por Al-Sisi y que, por tanto, se han unido al mecanismo de gobierno y gestión del país. El segundo grupo está compuesto de formaciones que han logrado sobrevivir a la vez que mantienen cierta independencia del gobierno – incluye al Partido Social Democrático y al Partido Nacional de Egipto. Sin embargo, sus miembros siguen siendo objeto de opresión, amenazas y boicots que hacen imposible participar en la política como oposición en ningún nivel práctico. El permanente estado de incertidumbre al que están sujetos causa, además, divisiones internas en el liderazgo que a menudo provocan escisiones como respuesta a la intimidación. Finalmente, están los partidos que se han declarado contra el régimen, pero según el estudio y basándose en datos cuantitativos y cualitativos sobre su actividad política, estos partidos son poco probables a oponerse al régimen o suponerle un motivo de preocupación.

El estudio, que formula conclusiones interesantes, afirma que los partidos de la oposición secular en Egipto han experimentado una caída significante en su credibilidad, primeramente, tras utilizar la propaganda revolucionaria de los Hermanos Musulmanes en 2011, y segundamente, al haber sentido la amenaza de la islamización del Estado, haber favorecido en su lugar la llegada al poder del General Al-Sisi. Mientras que esto les permitió a algunos de ellos continuar trabajando, completó su “neutralización”. Para concluir, el régimen autoritario en el poder en Egipto es ciertamente implacable y está firmemente en control de la situación, pero en los últimos meses hemos sido testigos de acontecimientos que han hecho ver por qué el presidente necesita un sistema tan restrictivo. De hecho, en septiembre del último año miles de personas se reunieron en la simbólica Plaza Tahrir para protestar contra un caso de corrupción, pero esto rápidamente fue creciendo y derivó en objeciones más amplias y radicales contra el régimen, desatando la frustración de la gente que, tras siete años de gobierno, todavía señalan los mismos problemas que caracterizaban al país en el momento de la Primavera Árabe. Todavía hoy el 32.5% de la población en Egipto vive bajo el umbral de la pobreza, el desempleo juvenil es mayor al 40% y, como se ha reiterado en numerosas ocasiones, los derechos humanos, particularmente los de las minorías, no están de ningún modo garantizados. El fuerte y constante crecimiento demográfico del país, que es ya el país con la mayor población de Oriente Medio, amplifica todavía más estos problemas. El gobierno, plenamente consciente de los efectos de este tipo de malestar, permanece alerta, intentando evitar el surgimiento de cualquier tipo de disidencia mediante el uso de cualquier medio a su alcance. Para ello, empieza por atacar a individuos para que nunca puedan ganar influencia a gran escala. A pesar de ser rápida y sangrientamente reprimidas por las fuerzas armadas (alrededor de 1.900 detenidos y cientos de convicciones), las protestas en septiembre han tomado un gran peso simbólico. De hecho, fueron los primeros levantamientos de peso desde la llegada de Al-Sisi al poder. Su magnitud demuestra que la llamada “paranoia del poder”, que lo empuja a gobernar con un puño de hierro, se debe a temores reales que, aunque todavía débiles, contienen verdadero potencial subversivo.

Este artículo fue previamente publicado, con la colaboración de Virginia Sarotto, en Il Bradipo Federalista, un blog creado por JEF-Bologna. Para ver el artículo original: https://ilbradipofederalista.wordpress.com/2020/04/21/il-regime-di-al-sisi-storia-e-protagonisti-dellegitto-contemporaneo/.

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